H.V.B.   

Humberto Velásquez Betancourt es el primogénito de Teodoro Velásquez e Isabel Betancourt. Nace en Armenia (Quindío) el 27 de octubre de 1931, en  una familia de seis hijos en su orden: Humberto, Iván, Nydia, Cecilia, Rodrigo y Darío. Según investigaciones hechas por él mismo, el apellido Velásquez llega a nuestro continente en 1545  con el capitán español don Melchor Velásquez y Valdenebro.

El apellido Betancourt de la madre según Humberto- tiene ancestros paisas y su rastro se pierde en Rionegro en 1863. Ella era sobrina de Clodomiro Ramírez,  gobernador de Antioquia y Félix Betancourt abogado muy reconocido en Medellín. Los cuatro abuelos paternos vivieron en Abejorral (Antioquia). Los Betancourt y los Ramírez, apellidos maternos, son de Medellín.  Ellos  fueron de los antioqueños que se quedaron rascándose el ombligo y haciendo plata. El abuelo Abel Betancourt era supervisor de Postobón y por eso  fue trasladado a Armenia.  En cambio los Velásquez de su papá, tumbaron monte, mataron tigres  y fundaron ciudades. El abuelo paterno se fue para Chinchiná, que en ese tiempo se llamaba San Pacho y allí nació papá Teodoro.

Por el lado de su papá fueron 14 hijos de los cuales Julián y Clímaco, los mayores, eran finqueros. Consiguieron mucha plata y fundaron la oficina Velásquez Hnos para exportar  café. A  Enrique, el menor de la familia, y luego reconocido ingeniero,  le preguntaron: ¿tu eres el benjamín de la familia? Y él contestó: “no, yo soy el Enrique”.

Papá Teodoro, era muy ecuánime y amable. Tenía rectitud, honestidad y le dolía cualquier injusticia. Fue Notario en Armenia, el único en su momento  y por eso tenía una caligrafía hermosa. Era muy académico, fanático de los crucigramas para los cuales  tenía tres diccionarios y después hizo uno personal. Nunca consiguió plata porque creía que todo el mundo era bueno. Julián y Clímaco fueron sus ángeles de la guarda, le consiguieron un almacén de repuestos, que se llamó Almacén Royal, ubicado en la Plaza de Bolívar y tuvo buenas ganancias hasta que estalló la primera guerra mundial. Entonces vendió el almacén y le ayudaron,  junto con la prima Fanny, a conseguir La Esmeralda, finca cafetera que les permitió sobrevivir en adelante. La vida fue dura para toda la familia,  no podían comprar mantequilla y por eso en la casa de los  primos con plata comían pan con mantequilla hasta reventar. Humberto se ha caracterizado por ser muy glotón y en su infancia sacaba la parva que su mamá guardaba bajo llave en una alacena, abriéndola con una ganzúa.

MAZO VELÁSQUEZ

Humberto, muchacho inquieto, travieso, inteligente, estudia toda su primaria y bachillerato en el colegio San José de los hermanos Maristas. La casa familiar queda  a 20 cuadras  del colegio, ubicado en el barrio El Bosque, distancia que tiene que caminar 4 veces al día. Según anécdotas contadas por Luis Botero Restrepo, su compañero de estudios durante toda la vida, “Humberto era el más inteligente, el de mejores notas con cinco en todo, el de la mejor memoria, el que iba delante de  los compañeros para envidia de todos. El que resolvía los problemas que no podían resolver los hermanos y por eso se ganaba aplausos”.

Según cuenta él, Humberto se ganó algunos premios por asistencia y por mérito. También uno por ser el que mejor tocaba  el tambor en la banda de guerra. Cuando lo llamaron a recibirlo, estaba comprando forcha en las afueras del colegio y tuvieron que salir a buscarlo. También cuenta que mientras ellos salían cargados de útiles y libros del colegio, Humberto salía “voliando manos” y no llevaba nada para su casa. Ponía mucha atención y aprendía de inmediato. Mientras los otros estudiaban, él salía a buscar novia en las calles de Armenia, pues era muy “noviero”, según Luis. En otros casos, se iba a jugar billar en el gran almacén Vigig.

Clímaco Villegas, esposo de su tia Beatriz, era ingeniero y pasaban vacaciones,  en Armenia o en Cachipay (Cundinamarca), donde lo veía trabajar.  Lo mismo pasó con Enrique Velásquez, el tío menor paterno, que llegó a ser un ingeniero muy importante, destacado en la ciencia y trabajó en la cobertura de la quebrada Santa Elena de Medellín. Ellos influyeron en su decisión para estudiar ingeniería, además de su facilidad y gusto por las matemáticas.

Sin embargo su primera pasión fue la aviación. Desde joven soñaba con ser piloto por lo cual se inscribió en la Fuerza Aérea Colombiana y tenía todo listo para empezar. Como era menor de edad, necesitaba el permiso de los papás y doña Isabel se negó rotundamente a dar su consentimiento y dijo que él sería piloto sobre su cadáver. Así el hombre tuvo que cambiar su decisión y por este impase llegó más bien a ser ingeniero.

El tío Clímaco, una vez más, fue el ángel de la guarda  (muy estricto)  y le anunció el día del grado que iba a financiarle toda la carrera de ingeniería civil en la Facultad de Minas de Medellín, noticia que fue motivo de lágrimas para su mamá.

 “El mazo” fue el apodo que se ganó  en la Facultad de Minas por ser muy estudioso y sobresaliente. Empezó sus estudios en 1950, junto con Samuel Botero, también compañero de colegio y rival en la excelencia. Obtuvieron el primero y segundo puesto en el examen de admisión y siguieron compitiendo a lo largo de la carrera.

 En la Escuela había dos cursos de 20 alumnos cada uno.  Se presentaban 149 y admitían 40 con exámenes sicotécnicos durante 3 días.  Empezaban en el famoso año  menos 1 que era para nivelar a los alumnos en matemáticas y se les daba calidad y trato de novatos. En la de la Escuela había un letrero que decía: “También le vendemos a los de Menos Uno”. La carrera duraba en total 6 años. En su curso empezaron 40 y se graduaron 18.

En los primeros años las clases comenzaban a las seis de la mañana y cancelaban la materia con tres faltas. Primero fue álgebra con el emblemático profesor Pacho Mira. Para llegar a tiempo tenía que levantarse a las 4:30 a.m., asistían a clase hasta el mediodía y luego se dedicaban a estudiar toda la tarde en la casa, hasta las 11 de la noche. Los sábados también había clase hasta la 1 p.m. Y el “mazo” estudiaba a ese ritmo en honor a su apodo.

En la Escuela  había Ingeniería de Minas y Metalurgia, de Geología y Petróleos e Ingeniería Civil. En la Civil uno podía dedicarse a la Administración, pero él desde que estudió la materia “Concreto” con Julio Omar Córdoba, detectó que su campo era el diseño estructural. Antes  se llamaban “calculistas”, ahora son “ingenieros estructurales”. Realizó su tesis sobre la construcción de un tanque de agua, algo raro en ese momento y su director de tesis fue Córdoba.

En el último año de su carrera programaron un inolvidable viaje a Estados Unidos para hacer un “reconocimiento del Valle del Tennessee”, de mucha importancia en la construcción de presas para energía hidráulica. Se fueron 20 compañeros más de un mes con  8.000 dólares  aportados por el Ministerio de Educación. Humberto, que apenas sabía un poco de inglés y Juan Rafael Cárdenas eran los traductores oficiales y cuando no entendían nada de los que les hablaban en el inglés de Kentucky, se limitaban a traducir: “No le entiendo ni culo a este hijueputa”.  El mismo decano, tuvo que mandarlos a llamar para que regresaran o les cancelaba el semestre. Al final hasta les sobró dinero. 

 

Reconocimiento del Valle Tennessee: Graphic1.pdf (622,7 kB)

¿Capitán Veneno o Betowest?

 

 

Humberto se ha caracterizado por su carisma con  la gente, su facilidad para relacionarse, pero también por su temperamento fuerte. Según El había que hacer cosas diferentes para salirse de lo normal.

Fue así como desde pequeño se caracterizó por sus travesuras:

Una vez se quebró una mano cuando patinaba, y por miedo a la reacción de su mamá, se hizo entablillar por un seudo –veterinario y según él, la mano le quedó mejor que enyesada por médico.

También cuenta que se robaba la parva que su mamá guardaba bajo llave, abriendo la alacena con una ganzúa. Así mismo siempre le pedía prestada la mesada a su hermana Cecilia y nunca se la devolvía.

Según él, todo lo que pasaba en el colegio era culpa de “Velásquez” y por eso lo echaron dos veces y siempre el papá tuvo que intervenir  para garantizar  promesas de buen comportamiento. Una de las ocasiones fue en 6º bachillerato, cuando le pusieron dinamita a la tarima del profesor, en la terraza donde quedaba el salón. El resultado fue  más fuerte de lo  esperado y quedó expulsado hasta que intervino el papá.

En Medellín es recordado por las locuras que hacía, con el fin de llamar la atención de la gente. “A que logro reunir a una multitud”, era el reto por el cual se “desmayaba” en plena avenida La Playa, o recitaba discursos improvisados desde el balcón de su apartamento, le hundía el sombrero en la cabeza a un desprevenido transeúnte o le daba de su cerveza a un burro.

En la Escuela de Minas, lo conocían por ser muy tragón, se comía 4 o 5 ponqués y cogía un pan de molde, le ponía mantequilla y  lo comía de una y le echaba gaseosa por los lados. Él hizo una apuesta con los compañeros: era capaz de comerse todo  lo que había en la tienda, si Correa,  el dueño,  no le cobraba. El hombre prefirió no arriesgar….

Las locuras también se han reflejado en sus excéntricos pasatiempos como montar en moto, manejar avioneta, dedicarse al aeromodelismo, ser radioaficionado, mantener un taller para hacer toda clase de arreglos, esquiar,  la pesquería o cazar con un arpón en las oscuras aguas de la represa de Guatapé.  Tuvo épocas en que se internó en los trazos de la pintura al óleo o la acuarela. Eso por no hablar de su afición al póker o  a encontrar espantos, guacas, brujas  o casos paranormales

En segundo año de carrera se accidentó en una moto  en Medellín, con su hermano Iván como parrillero.  Estuvo inconsciente durante 22 días y  según los que lo han conocido desde esa época, después del accidente quedó un poquito más cuerdo.